28 julio 2013

Elogiando a la rutina

Aún cuando con frecuencia la gente se lamenta del día de vuelta al trabajo tras las vacaciones, estimo que ello constituye más un ejercicio estético que la expresión de un auténtico sentimiento de pesar por el regreso a lo cotidiano. No nos engañemos. 

El veraneo, tal como hay se plantea, conlleva desazones no menores que las de la vida diaria. No se sabe qué hacer con los niños, encerrados durante horas en el estrecho marco del apartamento familiar y sin un espacio suficiente para que correteen libremente, mientras que la jornada veraniega se hace para los mayores repetitiva e insufrible: del piso a la playa, de la playa al piso, el mismo paseo vespertino cruzándose con las mismas caras y conversaciones banales al ocaso y la noche.

Habrá excepciones al panorama que dibujo, y personas que sepan llenar el descanso de una dimensión creativa o de reencuentro consigo mismas y sus allegados, pero en términos generales, cuando hacemos una aproximación a la sociología del veraneo, lo que nos encontramos es lo primero. Por ello, el retorno significa para muchos la vuelta a la normalidad, ¡expresión que tantas veces se oye, como si el descanso fuera algo anormal!, de suerte que la perspectiva de volver al mismo trabajo, con los mismos compañeros y tareas, dan a la persona una dimensión inefable de seguridad. Todo sigue igual, con el puesto laboral esperando, las aulas receptivas para albergar a los hijos y la escapada dominical al campo de fútbol como actividad densamente fruitiva.Así son las cosas.

Pero, ¿es que acaso no es la seguridad lo que en lo más profundo de sí mismo busca siempre el ser humano?. De hecho, piénsese que el deseo de muchos jóvenes cuando acaban sus estudios no es otro que el de ganar unas oposiciones a un cuerpo de funcionario público y tener así el horizonte vital seguro. Y no se me negará que la condición de funcionario público es una de las ocupaciones con menos dimensión aventurera, pero es la más segura, aun cuando suponga que un muchacho de veintitantos años sepa ya, cuando adquiere tal estatus, lo que va a hacer en los próximos cuarenta y cinco años, con leves variantes de actividad.

Sino que, más bien, cuando andamos metidos de lleno en el quehacer cotidiano y nos quejamos de su carácter rutinario, lo que estamos poniendo de manifiesto no es tanto la condición repetitiva de la vida humana, como nuestra propia incapacidad para llenar cada hora y cada día, aunque parezcan idénticos a los ya vividos ayer, de un sentido de novedad y de un horizonte creativo en los ámbitos personal, laboral y social. 

Por ello, el aburrimiento no es fruto de la reiteración de cosas y personas, inherente al vivir de cada día, sino una condición del espíritu abotargado, incapaz de descubrir lo que de prodigioso portento tiene el despertar de cada jornada. Por eso mismo, hay quienes se aburren incluso en el tiempo de asueto, pues el hastío no anida en la circunstancia, sino en el interior vacío del alma.

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