08 febrero 2014

Una aventura a tu alcance

Sin ser tan rocoso ni expuesto a las inclemencias volcánicas como el Parque Nacional del Tongariro, ni tan helado y de clima impredecible como el fiordo de Milford Sounds, pero equiparable a ellos en cuanto a belleza, el Abel Tasman es la reserva natural más accesible de Nueva Zelanda. 

No hace falta equipamiento de montaña ni mucha preparación previa para visitar este parque. Decenas de playas, estuarios, calas diminutas, mucha vida animal y una climatología benigna convierten el Abel Tasman Park en una apuesta segura. En un paraíso al alcance de todos.

Aunque ocupado por maoríes desde siglos antes, el parque recibe el nombre del explorador neerlandés Abel Tasman, quien en 1642 fue el primer europeo en avistar Nueva Zelanda. 


En esa misma expedición, cuando Tasman fue a ancorar su barco en la Golden Bay (Bahía dorada), al oeste del parque, fue atacado por maoríes y cuatro hombres de su tripulación perecieron. El explorador tan siquiera llegó a atracar su embarcación en aquellas aguas, pero en conmemoración a los 300 años de su visita, en 1942 el Parque Nacional Abel Tasman fue abierto al público. 

Mediante un acuerdo entre el Gobierno y las empresas y colonos instalados en la zona se puso así fin a casi cien años de destrucción de sus recursos. Un expolio natural que casi acabó con la espectacular naturaleza del parque.

Setenta años más tarde, este relato de codicia y devastación es ya cosa del pasado. El Abel Tasman es uno de los más reconocidos y visitados parques naturales de Nueva Zelanda, y por ello las autoridades ejercen un acérrimo control sobre su territorio. 

Ningún coche puede acceder al espacio y se han habilitado aparcamientos en cuatro accesos, como el de Marahau, en el extremo sur, o el de Wainui, en la punta norte. De este modo, sólo puede recorrerse el espacio a pie o por vía marítima. 


No hay que temer, existen muchas compañías que en bote o taxi acuático llevan al turista a las principales playas. Desde allí, una breve caminata lleva al visitante a sitios de interés como las Cleopatra Pools, unas piscinas naturales en medio de un espeso boscaje, o al impresionante puente colgante del río Falls.

El Abel Tasman Park alberga una de los nueve Great Walk (Gran Paseo) de Nueva Zelanda. Es una ruta de 51 kilómetros que suele completarse entre tres y cinco días.

El trayecto está perfectamente señalizado y para pernoctar existen varias cabañas y multitud de campings del Departamento de Conservación (DOC), además de tres hotelitos ubicados en terrenos privados del parque.

Al tratarse de un camino costero, apenas existen desniveles y el grado de preparación es medio-bajo. Probablemente, todas esas facilidades hacen de esta caminata uno de los itinerarios más concurridos del país. 

Durante el verano austral, especialmente en enero y febrero, puede que el excursionista encuentre más gente de la que cabría esperar en tan deshabitado país. Aun así, y sobre todo en su tramo norte, fuera de ruta de los taxis acuáticos hallará playas y calas casi desiertas. Los más aventureros pueden seguir caminos trazados que se adentran en el parque en una ruta más exigente y también más solitaria.


Además de este recorrido, el Abel Tasman ofrece muchas actividades al viajero. Ir en kayak siguiendo el litoral del parque es de las más populares, y la mayoría de agencias de viaje organizan tours o alquilan la piragua de dos a cinco días. 

Si dispone de conocimientos marineros, puede alquilar su propio bote y poner rumbo a su playa favorita. Además de esto, existen otras actividades como el submarinismo y/o los vuelos escénicos en avioneta o helicóptero. Descubrir el parque a vista de pájaro —o de pez— es algo excepcional y hermoso pero, desgraciadamente, no apto para todos los bolsillos.

Abel Tasman atrapa al viajero. Especialmente por la ingente cantidad de vida animal que se puede ver y sobre todo oír. Fauna y flora que se percibe en cada rincón del parque.

Miles de aves lo habitan, desde cormoranes a pájaros ostreros, gaviotas, tuis o palomas torcaces. Entre las más curiosas criaturas están los escondidizos pingüinos azules y los lobos marinos. 

Estos últimos pueblan el cabo norte del parque, el Separation Point. De visitarlo, el excursionista descubrirá a una holgazana familia de lobos marinos entre las rocas. Pero aunque de apariencia tierna, se recomienda no acercarse a más de 20 metros de ellos.


La única pega es la presencia de moscas de arena o sandflies, una especie de mosquito muy típico de la costa oeste de Nueva Zelanda que también habita en el parque. En primavera y verano, estos chupópteros, junto con las abejas, pueden hacer de un picnic en la playa una difícil tarea. Por ello se aconseja llevar un poderoso repelente de insectos y vestir ropa clara y sin colores llamativos para no atraer demasiado su atención.

No todo empieza y termina en el parque Abel Tasman. Alrededor del mismo hay un conjunto de apaciguadas playas, campos y ciudades que son el perfecto lugar para unos días de relax antes o después de visitar el parque. 

En la Golden Bay, al noroeste del parque, se puede subir al monte Takaka, visitar las cascadas Wainui o recorrer el impactante Farewell Spit, considerado el banco de arena más largo del hemisferio sur. En Motueka, a una veintena de kilómetros al sur del parque, los aficionados al golf hallarán un complejo de 18 hoyos.


A unos 65 kilómetros de la entrada sur del parque se encuentra Nelson. Esta pequeñita y bohemia ciudad es una cita obligatoria para los amantes del arte, pues en sus calles se encuentran numerosas y modernas galerías, además de un lugar exquisito donde pasar unos días y disfrutar de alguno de sus restaurantes acompañado de un buen vino de Marlborough, región colindante con el parque. Toda esta zona es, además, conocida por ser de las más soleadas del país.

Ningún otro lugar de las islas goza de tan buen tiempo: Más de 2.000 horas de luz solar al año. Este fenómeno dota al parque de un invierno húmedo, con temperaturas de entre 4ºC y 13ºC, y de un verano con un termómetro que oscila entre los 23ºC y los 12ºC. 

En Nueva Zelanda no hallará fácilmente ni el calor ni el mar calmado de otras latitudes. Pero si algún lugar de estas islas es capaz de transportarte a rincones más cercanos al trópico, éste es, sin duda, el Parque Nacional Abel Tasman.

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