La muerte llega en mitad de las vacaciones

Sí, es que no me encuentro muy bien. He tenido unos problemas gástricos que me han dado la lata en los últimos días y, sí, no tengo muy buen aspecto. Pues nada, a cuidarse... Y además te veo muy delgado. Bueno sí, es por lo mismo. Me han puesto un régimen de comidas muy estricto y eso también se nota. Sí, no te vendrían mal un par de kilos de más... De todas maneras es que este traje que llevo hoy es de hace varias temporadas y acentúa mi delgadez. Y uno seguía asombrándose de que un hombre de la refinada elegancia de Pedro Toledo reconociera un día vestir prendas pasadas de moda. Definitivamente, aquel no parecía el Toledo de las mejores tardes. Cuando ayer me enteré de lo aparentemente increíble, esta trivial conversación cobró nuevo significado. ¿Conocía el banquero el alcance real de su enfermedad? Si la respuesta era afirmativa, se guardó su drama para él mismo y quizá, no es seguro, para su mujer, Elena Echevarría. 

Como siempre ocurre en estos casos, ayer no faltaban las personas que se manifestaban perfectamente al corriente del alcance de los problemas de salud del banquero, no importa la mayor o menor cercanía personal con el protagonista. Es un fenómeno parecido al del famoso crash bursatil de octubre del 87. - ¿A tí te ha cogido? pregunta uno a cualquier inversor. - En absoluto, respondía con suficiencia el aludido. Yo estaba perfectamente al corriente de lo que iba a ocurrir...Muy pocos en el caso desgraciado de Pedro Toledo, quizá no más de 3 personas, podrán presumir de haber estado al corriente de un drama que va a trastocar de forma dramática las piezas del «puzzle» financiero y bancario español. Anteayer martes, ni Javier Gúrpide, ni Alfredo Sáenz, ni Carmen Delclaux, su secretaria personal, podían imaginar siquiera que el banquero estuviera a punto de morir. Las desapariciones, más o menos repentinas, de Pedro Toledo no extrañaban a nadie. ¿Dónde está Pedro? Estará en Bilbao, o en Nueva York o en Frankfurt...


Formaba parte de su personalidad, una personalidad rica, compleja, susceptible de muchas lecturas como normalmente ocurre con la gente de peso. Si Toledo conocía ya aquella tarde lluviosa de Noviembre que su vida estaba en peligro, se cuidó muy mucho de comentarlo o de transmitir la menor señal de alarma a su contertulio. Muy al contrario, rápidamente se sumergió en los mil temas que, a propósito de la publicación de «Duelo de Titanes», saltaban sobre el tapete. Por si fuera poco, estaban recientes las elecciones del 29 de Octubre. -¿Tú crees que va a seguir Carlos Solchaga? - Hombre, eso lo sabrás tú, Pedro, que tienes contacto diario con él y que además dicen las malas lenguas que se te pone firme cada vez que descuelgas el teléfono... - No seas malo... Hay por ahí una leyenda que nos hace aparecer como el banco del PSOE o como ligados al PSOE y eso no es cierto; eso es malo para nosotros...

Hombre, pero no me dirás que no parecéis el banco del Gobierno... - Esa es una visión estrecha y deformada. Te voy a decir una cosa: la banca, por naturaleza, tiene que estar cerca del Gobierno, de cualquier Gobierno, y mucho más lo- tiene que estar tratándose de la primera institución financiera del país, como es el BBV: Pero bueno, no te he ofrecido nada, ¿qué quieres tomar? A ver, Cayo, traiga un gin-tonic para el señor y para mi una botella de agua. -Sólo tomas agua? - Sí, ya te he dicho que me han puesto un régimen muy severo. - Como si fuera una premonición, la conversación derivó hacia sus primeros años en el Banco Vizcaya, y su elección como presidente. - «Yo, no es ningún secreto, se lo debo todo a Angel Galindez. El fue estableciendo un curioso sistema, muy rígido, muy meticuloso, de cooptación para nombrar su sucesor en el seno del consejo del Vizcaya. Y, además, se hacía por votación. En un principio había cuatro candidatos. Luego sólo dos, Juan Manuel Urgoiti y yo. 

En 1986 yo ya contaba con todos los votos del consejo menos uno. Después de aquella votación, en primavera, un día me llamó y me dijo, bueno, está claro, tú serás mi sucesor, pero estate tranquilo, lo haremos cuando yo quiera. Al regreso de las vacaciones del verano del 86 me llamó, me invitó a almorzar a su casa y me sorprendió, oye, que lo vamos a hacer ya...» Galíndez había descubierto al hombre que buscaba. Enérgico y exigente consigo mismo y con los demás, pero a la vez flexible, abierto a ideas y personas. Había descubierto al hombre capaz de hacer del Vizcaya uno de los grandes bancos del país. Toledo había llegado al Vizcaya de la mano de Manuel Gortázar, conde de Superunda, miembro del consejo del Vizcaya y presidente de Sevillana de Electricidad, que lo trae de General Eléctrica donde estaba trabajando, y le coloca como subdirector del departamento de sucursales, en sustitución de José Miguel Semano. 

Con Enrique Sendagorta llega a director general, y con Galíndez alcanza el cénit. Licenciado en la Universidad de Deusto, Toledo, un alumno muy brillante de la famosa «Comercial», mostraba ya las características propias de su definitiva personalidad: era un joven reservado, poco comunicativo, con un concepto altísimo de sí mismo, con muy buena cabeza. En el Vizcaya desarrollaría esa facultad especial para olfatear a distancia, como gran jugador de ajedrez que era, y a largo plazo los movimientos corporativos, las grandes operaciones, los grandes negocios, hasta convertirse en el gran estratega que era, sin duda más que banquero o financiero. Un estratega sin grandes convicciones políticas, ególatra, al decir de sus adversarios, pero plenamente convencido de su papel innovador en la banca y las finanzas. Y ciertamente era innovador hasta en su forma de vestir, tan vanguardista que asustaba a las pacatas y austeras mentes de Neguri, sin cuyo consenso jamás habría podido encaramarse a la presidencia del Vizcaya. Y, en efecto, Toledo implantó lo que algunos de sus subordinados reconocen sin ambages como «una dictadura, basada en un sistema de información infalible, nucleado en torno al área de personal». 

Frente al sistema unifuncional de «los de enfrente», «los de la otra acera», es decir, el Banco de Bilbao, como cariñosamente se aludían antes de su matrimonio los dos bancos vascos, el del Vizcaya era un sistema polivalente: no había nadie que desempeñara una misma función durante más de año y medio. Toledo se encargaba enseguida de cambiarle. El sistema tenía sus ventajas e inconvenientes pero, exigiendo el máximo esfuerzo, logró en pocos años el milagro de equiparar la valoración del Vizcaya a la del Bilbao con un tercio menos de plantilla. Y ello con la peor informática del país. Cuando el paroxismo de las fusiones estalló en España en el año 87, Pedro Toledo se movió con celeridad. «O te fusionas o te fusionan», le había dicho su amigo Carlos Solchaga, cocinero-ex director del servicio de estudios del Vizcaya antes que fraileministro. 

Sus intentos con Escámez no fructificaron, pero allí estaba Toledo sentado a la puerta del Vizcaya, esperando ver pasar el cadáver de su rival José Angel Sánchez Asiaín, vencido en la batalla de Banesto. Nadie duda que el ganador de la fusión Bilbao Vizcaya era Pedro Toledo. El pez chico se comía al grande. Pero las cosas se complicaron y en el horizonte de 1992 se divisaba con nitidez una lucha por el poder en la cúpula del BBV entre dos pesos pesados: un Toledo convencido de su misión histórica de líder indiscutido de la banca y las finanzas hispanas para las dos próximas décadas, y un Sánchez Asiaín, humanista de gran prestigio, convencido por sus lugartenientes de ser demasiado joven para retirarse a asesorar al Banco Vaticano. «Sánchez Asiaín está superado por los acontecimientos, porque el ganador moral de esa fusión es el Vizcaya y yo mismo. 

Sí, es cierto que los votos del Consejo están repartidos al 50%, pero yo tengo consejeros del Banco de Bilbao que me vienen a contar cosas, de manera que si hay tránsfugas será del Bilbao al Vizcaya y no al revés. Ocurre que hay gente que no me ha aceptado, que ve que pasa el tiempo, y dice iay va!, que no hemos cambiado de tranvía. Si tengo salud y ganas de trabajar, a mí no me quita nadie». La desgraciada rueda de la Fortuna aparta violentamente a Toledo de su camino y despeja momentáneamente la incógnita de la lucha por el poder en el BBV. Pero sólo a corto plazo. Conocido y reconocido internacionalmente, investido de su condición de banquero del «sistema», ligado al PSOE-Solchaga por el cordón umbilical de José Aureliano Recio, Pedro Toledo había aumentado recientemente su prestigio con jugadas tan espectaculares como la de Repsol. 

Con una operación en ciernes más importante aún que la de la propia fusión Bilbao-Vizcaya, era estos días un personaje inmerso en un proceso de concentración oligopolística del poder. ¿Y después? ¿Qué haría cuando ya lo fuera todo en España? No hay demasiados personajes capaces de «romper» en el exterior. Y Toledo era una de las pocasgrandes esperanzas: un hombre que ha sido capaz de las más brillantes jugadas estratégicas en nuestro suelo, bien podría seguir viéndolas más tarde en Europa y en el mundo, haciendo a este país más grande y más rico. Esa es la tragedia de la muerte de Pedro Toledo.

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