15 febrero 2014

Juvet es un hotel de auténtico paisaje

Tiene el don de la exclusividad y no está en el fin del mundo, pero casi. Para alcanzar este hotelito perchado sobre los acantilados del río Valldøla y a unos pasos de la famosa garganta de Gudbrands, hay que recorrer la más exigente carretera de Noruega. 

La ruta merece tal etiqueta no solo por sus 11 endiabladas revueltas, sino por algo más amenazador. Lo señala su nombre: la Escalera de los Trolls, tremenda ascensión de 1.000 metros de desnivel desde Åndalsnes. 

Al parecer, las malévolas criaturas nórdicas tienen en este lugar una de sus residencias favoritas. Aquí mismo, en lo alto de este valle que abre los Alpes Escandinavos igual que los fiordos rompen el cercano litoral noruego, se localiza el Juvet.


El escenario es bucólico. Un skyline de tremendas y heladoras montañas, bajo las cuales pequeñas granjas extienden sus praderas y cultivos entre bosques de abedules y hayas que amenazan con merendarse las cosechas, como las breves y deliciosas fresas que cultivan los vecinos de Knut Slinning, propietario del hotel.

Dedicar tanto tiempo en describir el entorno es algo obligado en el Juvet, pues forma parte del mismo. Es más, sin esta naturaleza nórdicamente salvaje, no tendría razón de ser.

Aunque como puede verse en las imágenes que acompañan estas líneas, no es precisamente una cabaña de pescadores o un refugio de troncos. Todo lo contrario, sus habitaciones cuentan con el marchamo nordic design a tope.


El Juvet fue una idea de Slinning, asilvestrada versión noruega de Indiana Jones. La materializó el estudio de arquitectura Jensen&Skodvin, de Oslo. 

Los planos hablan de 800 metros cuadrados, pero realmente es mucho más pequeño: lo que miden sus siete habitaciones y el búnker que hace las veces de comedor-sauna-sala de estar común. 

Ocurre que el proyecto contempla como parte del hotel a la naturaleza donde se alzan las simples, elementales y seductoras habitaciones cabaña.

El Juvet podría definirse como un hotel paisaje. Para comprobar qué es esto, nada mejor que dormir en una de sus habitaciones y despertar en mitad de un universo de montañas, al borde del bosque. 


Más allá, las praderas se extienden hasta el río que espumea en el desfiladero. Igual que un vivac al aire libre, pero sin los inconvenientes de levantarse mojado por el rocío, ni herido por el frío de la mañana; aquí solo hay que retirar el mullido edredón. 

En vez de hierbajos y piedrecitas clavándose en los pies, la suave moqueta de lana merino virgen. Los ventanales libran de todos esos pequeños inconvenientes, pero no hurtan nada de lo demás.

Para conseguir tan feliz integración, cada alojamiento fue diseñado según el lugar donde iba a alzarse, de manera que no hay dos iguales. En realidad, son cabañas individuales, de 30 metros cuadrados y con paredes de pino y abedul, estratégicamente situadas: desde ninguna se ve otra, solo naturaleza.


En el interior no hay la menor decoración ni artilugio. De oscuros tonos grises y marrones, solo contienen una cama, dos sillones y una lámpara. "No quisimos nada que distrajese la atención, las habitaciones son como cámaras de fotos y las ventanas, los objetivos", explican. Una excepción es la mínima cabina del baño, de paredes en rabioso amarillo.


Reservar una noche en el Juvet es casi tan arduo como llegar hasta aquí. A no ser que se tenga una suerte infinita, la espera está garantizada entre cuatro y seis meses. 


"Hemos hospedado japoneses que habían reservado con un año de antelación, la lista de espera es larga", asegura el dueño, casi tan austero como el menú que sirve a sus huéspedes. 

El guiso, bacalao con tocino, carece de cualquier proximidad con la nouvelle cuisine, ni siquiera nórdica. Pero algo debe de tener este hotel que cobra 400 euros por habitación, rancho incluido, para que haya tan desesperadora lista de espera.

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