06 abril 2015

Conoce Tocumen

Cuando uno aterriza en el aeropuerto internacional de Tocumen no tiene la sensación de haber llegado a Centroamérica. Enormes rascacielos se alinean uno detrás de otro a pie del Pacífico.

Panamá es una mezcla entre Nueva York, Abu Dabi y el Caribe, con ciertas peculiaridades. Como por ejemplo, el calor y la humedad, que no dan tregua durante todo el día. 

Un buen motivo para hacer una pausa y degustar cualquiera de sus tres cervezas bien frías: Panamá, Atlas y Balboa, la que más cuerpo y sabor tiene de las tres. 

Aunque la bebida típica de este país no es ni mucho menos la cerveza, sino una especie de ron blanco llamado el Seco Herrerano, un aguardiente de aquellos que van bajando por el tubo digestivo mientras limpian todo aquello que encuentran a su paso.

Ciudad de Panamá fue la primera urbe europea erigida en la costa americana del Pacífico, convertida hoy en Patrimonio de la Humanidad. Pero vayamos por partes. Está la Panamá del Casco Viejo, la de los edificios de no más de dos o tres plantas de altura, pintados de colores pastel, con techos de uralita y paredes desconchadas por la humedad. 

La de las calles angostas y empedradas. La que rezuma solera, la de las tiendas de souvenirs, y donde acaban todos los mochileros con presupuesto reducido. Pero también existe otra parte de la ciudad a la que los panameños llaman, no en vano, el área bancaria, ya que tienen allí su sede unos cien bancos internacionales. 

Es la Panamá de los rascacielos, de las avenidas de cuatro carriles al más puro estilo yanqui, la zona de los hoteles de cinco estrellas y las tiendas chic donde pasean hombres con traje y corbata y mujeres con vestido y minifalda de grandes firmas, como Chanel o Gucci. Aquí es raro encontrar a alguien que lleve el típico sombrero panameño que tanta fama atesora. 

Una ciudad y dos maneras diferentes de vivirla, aunque tienen una cosa en común: en ambas crecen las palmeras que recuerdan que estamos en el Caribe.

Desde el casco antiguo se llega al Mercado del Marisco. Conviene entrar a pesar del intenso olor a mar y de que el suelo resbala de mala manera.

A primera hora de la mañana empieza el goteo de compradores, que no cesa hasta comenzar la tarde. El ceviche listo para llevar es el rey de las ventas. La música latina suena sin cesar a través del hilo musical. Las pescaderas limpian el género recién traído del mar, mientras los gatos y algún pelícano ávido de nuevas experiencias se disputan los restos. 

Aquí lo más importante es introducirse en el día a día, en la cotidianidad panameña y, de paso, degustar un buen ceviche, un guacho de mariscos (receta típica con arroz) o un pescado con patacones en los restaurantes anexos.

Al caer la tarde, el centro de la ciudad todavía recobra más vida y protagonismo, en los alrededores de la Plaza Bolívar, donde varios restaurantes y locales de estilo bohemio ofrecen en sus terrazas buena música y excelente comida autóctona.

El Hotel Tántalo posee uno de los mejores roofbar, con estupendas vistas del skyline de la ciudad. La gente más cool se cita allí para tomar la primera copa. Después conviene cambiar de aires, ya que se pone a rebosar. En cuanto a vestimenta se refiere, aquí no existe el reparo, las faldas cortas o los vestidos ceñidos son la tónica en la noche panameña, acompañados de unos tacones.

Además de la ciudad de Panamá y de su canal, existen otras riquezas, y el archipiélago de Bocas del Toro es un buen ejemplo de ello. Nueve islas, 51 cayos y 200 isletas, es decir, un must donde perderse. 

En apenas una hora y pico de vuelo uno puede plantarse en el paraíso, aunque también existe una manera más económica, en autobús. Eso sí, el viaje será un poco más largo, nueve horas, para ser exactos.

Bocas del Toro es el punto principal de partida para organizar las excursiones, y el lugar donde se ubican la mayoría de los hoteles. Aquí las chicas, casi todas esbeltas, lucen biquini durante todo el día. Los nativos se pasean sin camiseta, luciendo bronceado y abdominales. Por supuesto que en este lugar el gran atractivo es disfrutar de las playas.

No hay que pensar en esas extensiones de arena de nuestro litoral llenas de tumbonas, estos son sitios donde uno todavía puede sentirse un verdadero Robinson Crusoe.

Cayo y Zapatillas son dos islas sin habitar, totalmente salvajes. Las palmeras se apelotonan en primera línea de mar. El agua es de un tono azul turquesa y además está caliente. Y los peces de colores pasan a escasos centímetros de los bañistas sin ningún atisbo de desconfianza.

La siguiente parada está hecha para los ansiosos de probar nuevas sensaciones, como el deep-board. Es una forma diferente de hacer snorkel en la que se va remolcado por una lancha, similar a la del esquí acuático. 

Es como si pudieras volar debajo del agua, sentirte como un pez. Llevas puestas solo unas gafas de buceo y tienes total libertad de movimientos. Sin duda, una experiencia gratificante para todos los sentidos y una forma única de disfrutar en primera persona de los corales y de la fauna marina. Quienes lo prueban aseguran que no será la última vez.

A tan solo 45 kilómetros de Ciudad de Panamá se encuentran espacios naturales, prácticamente vírgenes, donde aún viven comunidades indígenas como los Embera Quera. Un angosto embarcadero nos da la bienvenida al poblado.

La aldea cuenta con dos cabañas al más puro estilo Embera, un sendero interpretativo para aprender sobre la naturaleza de la zona y una pequeña isla donde pueden verse monos araña, armadillos, osos hormigueros o los tucanes, entre otros animales autóctonos.

Las mujeres van vestidas con pareos polinesios a modo de falda y en la parte superior una especie de sujetador elaborado con cuentas de abalorios estilo masai y monedas plateadas.

Llaman la atención los brazos de los hombres y los dorsos femeninos, dibujados con curiosos tatuajes elaborados a partir de la tinta derivada de una fruta llamada jagua, que según ellos les protege de enfermedades y malos espíritus, de los insectos y de los rayos del sol. 

El mismo pigmento negro sirve para teñir el cabello de las mujeres de un negro azabache, intenso como su mirada. Una buena forma de despedirse del Panamá más profundo, donde el hombre moderno todavía no ha desembarcado.


Al caer la tarde, las terrazas de la Plaza Bolívar son el mejor lugar para disfrutar de la música y la comida panameña.

En la ciudad conviven calles angostas y empedradas con avenidas de estilo yanqui y rascacielos.


Los Embera Quera, una de las pocas tribus indígenas que quedan en Panamá, viven a pocos kilómetros de la ciudad.

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