17 octubre 2017

El infinito da vértigo

De bronce, con la vista perdida en el lago Lemán, Charles Chaplin se ha quedado definitivamente en la riviera de Vevey. En su estatua los ricos refugiados del mundo se detienen un instante antes de proseguir su paseo por los muelles. Atrás quedan las elegantes mansiones en las que vivieron Rousseau, Víctor Hugo, Dostoiewski, Henry James, Graham . Greene, Kokoschka, Le Corbusier y, sobre todo, Charles Chaplin. Tan ilustre vecindad se sintió atraída por los colosos alpinos reflejados en el lago, las caminatas entre flores, su ambiente reservado y sus comunicaciones con Europa. Desde Vevey hasta Montreux se puede ir caminando, y acercarse hasta el castillo de Chillon, del siglo XIII, antes residencia de los condes de Saboya y, posteriormente; la prisión que inspiró a Lord Byron el poema El prisionero de Chillon. Para el regreso quedan los barcos de vapor que comunican las poblaciones del lago: Geneve, Lausanne, Vevey, Montreux... 


Si el lago invita a lanzarse a navegar, los Alpes se alzan como el «sancta sanctorum» de alpinistas'y esquiadores. Más suave, el Jura se deja recorrer por cientos de kilómetros de senderos señalizados para las caminatas y la «mountain bike». Pero los deportes se equilibran con una oferta cultural variada: museos, exposiciones y numerosos festivales como el de música clásica, que en septiembre se celebra en Montreux y Vevey. Esta unión del deporte y la cultura define el ambiente del Cantón de Vaud y el espíritu olímpico que llevó al barón Pierre de Coubertin a organizar los primeros juegos de la era moderna en 1896. Pronto se instala en Lausanne el COI, pero el gran museo del olimpismo no se ha convertido en realidad hasta junio pasado. Asomado al lago Lemán, el edificio está rodeado de vegetación, que guarda una serie de esculturas definitorias de cada deporte. 

Las calles de Lausanne son tan endiabladamente empinadas que el metro tiene aspecto de funicular. La catedral y el barrio medieval que la rodea ofrecen una vista impresionante del lago y los Alpes. En el puerto de Lausanne, los veleros y los cisnes se mecen ajenos al grupo de personas que van a tener su primera experiencia a bordo de un submarino. El célebre profesor Piccard acepta en su sumergible científico «FA Forel» a quienes estén interesados en conocer el fondo del lago. La aventura resulta apasionante al ver a través del gran ojo de buey la desolación de un paisaje de aspecto lunar. Pero al salir a la superficie se comprueba que los colosos de nieves eternas siguen allí. La atracción que ejercen es difícil de vencer, máximo si para llegar a sus cumbres hay que subir en un helicóptero. Entonces la grandiosidad de los Alpes Vaudoises surge entre los valles intensamente verdes, los profundos barrancos y los picos altivos: Leysin, Les Mosses, Villars, Les Diablerets y su glaciar, Rougemont, están al alcance de la mano. Existen pocos goces estéticos superiores al que se obtiene sobrevolando los Alpes. 

En el pico de la Berneuse se ha construido un restaurante giratorio de 2.048 metros de altitud. De una sola mirada se contempla la majestuosidad panorámica de 29 picos de 4.000 metros de altura. La gran cordillera europea impone su grandeza, mientras los intrépidos se arrojan al vacío con un ala delta o en parapente. Desde el Col du Pillon comienza el ascenso de 3.000 metros al glaciar de los Diablerets, que los funiculares salvan dejando impresionantes vistas. Una vez en la cumbre se esquía en el glaciar aunque sea pleno verano o se monta en el ultramoderno bus de las nieves hasta llegar al pub más alto de Europa, el Yeti-Palace. 

No se entendería la vida de este retazo de Suiza sin disfrutar del ambiente hogareño de los pueblos. En el «Pays d'Enhaut», el valle guarda los jardines junto a las casas de madera, los grandes chalets-hoteles, los senderos y las aguas turbulentas para el rafting. Rossiniére, Rougemont, Chateaud'Oex... y, más arriba Gstaad, mantienen su ritmo de vida tradicional. La penúltima aventura aguarda en el Chateaux-d'Oex. Esta villa es la primera base permanente de globos aerostáticos de la gran cordillera. En ellos, acompañados tan sólo por el silencio, surge el vértigo del infinito.

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