22 marzo 2015

Primo de Rivera no era ningún borracho

Dos lozanos maestros, Campmany en el periodismo y Cela en la narrativa, andan liados con un soneto acróstico, de 1929, que se publicó como loa al dictador Primo de Rivera, pero que, leído verticalmente (la primera letra de cada verso) decía así: «Primo es borracho». 

Ambos maestros, más sus corresponsales y correspondientes informadores, Ussía y otros, han llegado a la conclusión de que el autor fue el cristiano-marxista José Antonio Balbontín, aquel exiliado que a la vuelta nos daba el coñazo místico en el Ateneo. Asimismo, han completado el soneto, del que sólo restaban en la memoria colectiva los dos cuartetos, como un fragmento ilustre de Heráclito el Oscuro (y que era tan claro). Uno piensa que, a la vista de las leyes de censura contra la Prensa que se están gestando, los periodistas acabaremos escribiendo nuestros editoriales y columnas en sonetos acrósticos, para evitar esa reclusión de fin de semana con que nos amenaza la Justicia. 

Cuando ya no se pueda denunciar nada para no incurrir en «injuria», aunque lo denunciado sea verdad, yo empiezo mañana mismo, por la tarde, a ejercitarme en el arte antiguo y barroco del poema acróstico, y creo que mis colegas deben hacer lo mismo, siguiendo la pauta del astuto Balbontín. Les voy a dar a ustedes una lección de periodismo gratis y sin matrícula: primero se piensa una frase injuriosa, escrita verticalmente, y luego se va rellenando el poema, soneto o lo que sea, con el pie forzado de las letras iniciales. Y usted, curioso lector, debe ir avezándose en el arte chino de leer verticalmente, si quiere saber la verdad de lo que pasa. Así, Balbontín decía verticalmente: «Primo es borracho». 

Construyamos una frase paralela, o varias: «Felipe es palizas», «Guerra es chorizo», «Aznar es bajito», «Serra es de coña», «Fraga es llorona», «Marías es coñazo», «Laín es flecha», «Tocino es boba», «Celita es guapa», «Doña Rosa Conde es sopas», y en este plan. Ya ven ustedes que la represión no va a ser tanta y todavía nos van a quedar muchas posibilidades de decir lo que pensamos sin incurrir en pena de week/end. Yo, un suponer, le escribo una endecha a la Tocino, unas octavas reales, un romance eneasílabo, unos hexámetros, lo que sea, cantando sus bellezas y abundancias, sus oros y tesoros, y luego, leída verticalmente la cosa, resulta que dice: «Tocino es mema», «Tocino está compacta», «Tocino tonta del coño», «Tocino, tía, ay tú». Etc. 

Uno ha expresado su opinión libremente, se ha publicado de fino poeta y ha evitado la multa de la ley. Si a partir de mañana, desocupado lector, ya sabes la clave: leerlo verticalmente, aparte deleitarte con nuestras silvas, que aquí estamos llenos de poetas. Donde lea usted un soneto a la primavera que ya viene, dirá verticalmente: «Amedo mata». Piensa uno, por otra parte, que los escritores de mi generación nos hemos pasado todo el franquismo escribiendo en acróstico. Había que leernos entre líneas. 

Cuando maldecíamos de De Gaulle se entendía que nos estábamos refiriendo a Franco. El público se acostumbró a esta lectura oblicua y lo pasaba muy bien. Sólo que esto no lo enseñan en Periodismo. El periodista nace, no se hace, o se hace escribiendo. Ya está, ya volvemos a ser libres. Contra la represión, el acróstico. El acróstico puede ser a partir de ahora el arma barroca, la coraza literaria del periodista y el escritor crítico. 

Siempre podrá alegarse que si ha salido, verticalmente, «Benegas, motorola», es por casualidad, una cosa involuntaria. De hecho, ya estamos escribiendo muchas cosas en acróstico, por miedo a los jueces, al Tribunal Constitucional, a los Bancos, a la ONCE y a los skinds. Y para esto hicimos una democracia. González, con sus críticas y amenazas a la Prensa, vuelve a hacernos acrósticos y barrocos a los periodistas. Como Franco.

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