16 enero 2018

Un bonito cuento de Navidad

Llegamos a casa de Fernando Fernán-Gómez, en la Castellana, sobre las doce de la noche. Madrid a esas horas, durante las fiestas, era una ciudad mucho más grande, con las calles y las plazas mucho más anchas. Casi daba un poco de miedo, como una ciudad abandonada y con todas las luces encendidas. Hacía frío. Pero arriba, en casa del viejo amigo, del viejo actor, estaban ya todos, o fueron llegando más tarde. Emma, con esa cosa que tiene de mujer/niña, que es su mayor encanto, y que lo tenía ya cuando llegó a Madrid, en los setenta me parece. Quizás ahora lo cultiva un poco, pero es natural en ella. Fernando, como dudoso entre la etiqueta de la noche y la naturalidad de la reunión, llevaba pantalón y camisa de smoking, pero el cuello abierto. Como regalo navideño, yo les traía unas botellas de champán moët chandon tomadas de una caja que, a su vez, me había enviado aquella mañana Marisa Borbón, como felicitación de pascuas. 

Yo creo que por estas fechas hay una corriente de regalos que pasan de unas manos a otras, botellas, libros ilustrados, bufandas inglesas, a veces una bufanda, después de haber recorrido el círculo de las amistades, vuelve al primero que la compró y regaló. En el viejo piso de Fernando (ahora vive en el campo) había ese clima navideño, inevitable, que nos hace a todos un poco parientes, más que amigos. Un grato desorden doméstico y, efectivamente, un cierto olor a familia, aunque no éramos ninguna familia. Eduardo Haro Tecglen y Concha. Eduardo, con su humor sombrío y su ternura macho. Concha, hecha sólo de amistad y oro, compartía con Emma las labores de ama de casa como acostumbra. Jesús García de Dueñas, guapo, triste y poco hablador, como toda la vida. Y Elena, la hija de Fernando, tan amiga de cuando el Café, yendo y viniendo un poco sonámbula y como deslumbrada por aquella casa que era la suya.


Había ya muchos amigos en la reunión, pero aún llegó el último retazo de la noche, oliendo a frío y cigarro puro, Pepe Sacristán, con una nota agresiva y cordial en la voz profunda, Leonor, bella, rubia y blanca, María Luisa Ponte, que un año me regaló un zapato suyo, perfumado y fino, en honor a mi declarado fetichismo, y otro año unas bragas de escaparate, negras y nuevas, de esas de las tiendas de aperos eróticos, y en este plan. Sonaba mucho el teléfono o sonaban varios teléfonos, alternándose, en diversos puntos de la casa. Casi siempre lo cogía Emma, y se enrollaba mucho en la conversación o bien se lo pasaba a Fernando, toma, es para ti, o bien le defendía de las llamadas excesivas con su delicioso mentir de niña mala. Estábamos todos muy tristes, como es propio de estas fechas, que no es que la navidad ponga triste a la gente, sino que el eterno retorno con lucecitas nos trae las tristezas de la vida, pasadas, presentes y venideras, y parecía que lo más sensato, entre artistas e intelectuales, era no luchar en absoluto contra esa tristeza, sino hablar de otras cosas, de las cosas de todos los días, como en los entierros, porque un cadáver o una ausencia flotaba en la casa, se hacía soluble en las luces y las copas, hasta en los sabores, ese cadáver comunal y desconocido, ese ausente también comunal y quizá muy conocido, que es la visita anual de toda familia (aunque nosotros no fuésemos para nada una familia, repito). 

De modo que lo más sensato parecia preguntarle a Eduardo Haro por sus perros, pero acababa de morírsele uno, o sea que seguía el funeral, a lo mejor estábamos celebrando las optimistas exequias de un perro, o preguntarle a María Luisa por Agustín, pero se habían separado, o preguntarle a Elena por Jesús, pero Jesús estaba allí mismo. No estoy diciendo, claro, que las navidades en casa de Fernando sean mortuorias, sino que son la más brillante funeraria que uno puede encontrar en la gran ciudad funeral que es Madrid (y cualquier otra) entre diciembre y enero. -Que te pongas, Fernando, que es Perico Beltrán- decía Emma. Y Fernando se fué a hablar con Perico a otra habitación. Pedro Beltrán, el amigo que faltaba, torero que hace hai-kais, poeta que hace guiones de cine, genio que hace de todo, el último de una gallofa bohemia que se ha disipado en el Madrid manhattánico, con su cosa de banderillero culón, de poeta de café y de Leonardo bajito que acierta en todo, de la capa castiza al cine de vanguardia. Volvió Fernando y nos lo contó, que Perico no puede venir porque se ha quedado cuidando los perros de unos amigos que se han ido de vacaciones, dice que le hacía falta el dinero y por eso ha aceptado, que está en un garaje con los perros y un transistor y una botella de vino, haciendo jaikais, me ha recitado uno por teléfono. Hubo un silencio general y una tristeza venial por la nochebuena o nochevieja o lo que fuese que estaba pasando Perico Beltrán. Yo me preguntaba cómo un gran actor como Fernando podía contar una cosa tan literaria sin interpretarla. Por eso, porque era un gran actor. 

He ahí el cadáver viviente que estábamos velando, la ausencia a la que presentábamos melancólicas armas sin saberlo. Siempre por navidad, me dije, está ocurriendo en algún sitio un cuento de navidad. A ver si va a resultar que Dickens tenía razón. Me recité para adentro un jaikai de Perico que me sabía de memoria y me tomé a su salud otra copa del champán moët chandon de Fernando y Emma, o sea mío, o sea de Marisa Borbón.

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