06 julio 2015

Lo mejor siempre está por llegar

Rara avis humana, especie artística en peligro de extinción, músicocantante místico, por encima o por debajo de todo tiempo y lugar, Benito Lertxundi tiene poco que ver con los usos y costumbres que hoy abundan. Claro, él es vasco, y de esa condición esencial de su persona, extrae todos los matices -que son muchos- de su manera de concebir la música popular, y la forma de expresarla en un espectáculo en directo. Dicha plasmación reviste todos los caracteres de una ceremonia concelebrada. 

Una atmósfera envolvente, agobiante por momentos; una invitación a la intimidad y a la comunicación sensorial; un impulso, generoso e inequívoco, a defender y hacer oir una lengua, una historia, unas vivencias,una tradición. ¿No se le llama a esto amor y fidelidad a un pueblo y a una tierra?. Las canciones de Lertxundi habitan en las antípodas del panfleto. Están recorridas de arriba abajo, por toda su espina medular, de sutiles sentimientos de melancolía, visiones mistéricas y utópicas, compasión y piedad. Que nadie busque en él manifestaciones extemporáneas, salidas de tono, algarabías ni exabruptos. Por mucho que tenga que decir, lo hará con las sencillas y seguras palabras calladas de la noche. 

En su voz, y en la de su compañera Olatz Zugasti, estuvieron presentes los ecos redivivos e iniciáticos del libanés Khalil Gibran en «El loco y la noche». O el homenaje a Michel Labeguerie, padre de la moderna canción vasca, a través de una música del escocés Donovan ( Primaderako lilliak). Hay un mundo céltico muy marcado en la actual obra de Lertxundi. En la música popular vasca existen rasgos muy definidos, y reales, de concomitancia y parentesco con la tradición atlántica. De ahí, sus referencias al clásico irlandés O'Carolan, o la inesperada introducción de la comamusa bretona en el seno de su grupo (por no hablar de la propia arpa,tañida con especial sensibilidad por la ya citada Olatz). 

Y están también las grandes lineas maestras del paisaje sonoro, rural y verdeante, del interior de Euskadi. Las pastorales de Zuberoa, o las canciones para ser dichas y comulgadas en colectividad, en plan coral y acariciando las fibras de la emotividad. Finalmente, existe otra sutil tendencia en la música del oriotarra : un acercamiento, aún tímido si se quiere, a fronteras sonoras cercanas a la llamada nueva era, a través de la utilización de sugerentes teclados que recrean ambientes fantasmagóricos o repletos de serena belleza, ese valor tan escaso hoy en día, según el propio druida. Que un artista del calibre de Benito Lertxundi sea hoy por hoy degustado y saboreado por una ilustre y convencida secta secreta de seguidores, tan sólo, es demostración fehaciente y palpable de cómo están las cosas de la música popular en nuestro país. 

Los tiros, nunca mejor dicho, van por otro lado. Fuera de los circuitos comerciales al uso y abuso, ajeno por completo al tinglado circense de la moda del momento, Lertxundi no es, como pudieran pensar algunos, un arcaico resistente de épocas fenecidas. 

Es un nombre proyectado hacia el futuro. Y, con todo lo que hay ya de presente, aquí se puede aplicar,con toda propiedad, aquello que dijera hace muchos años Dylan: «Lo mejor está siempre por llegar. Renace la esperanza».

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