19 agosto 2014

San Petesburgo la ciudad que logra conmoverte

Es difícil no ser grotesco o afectado con tanta grandeza. Esta es la ciudad de Pushkin y Dostoievski. La que vio nacer a un ‘principito’ ruso llamado Vladimir Nabokov.

San Petersburgo es una ciudad que conmueve. Su hermosura es hiperbólica como lo fue el poder de los zares que la coronaron corte de su Imperio. Pero también está ajada, como si fuera necesaria una evidencia más de su dignidad heroica. Sólo un país que fue santo y revolucionario pudo tener una capital con esa belleza superlativa, capaz de ser melancólica y vivaz, todo al mismo tiempo.

San Petersburgo se mira en el espejo del Báltico, mientras se deja acariciar por su río Neva, tan majestuoso como ella. La atraviesan dormidos canales llenos de historias, a los que se asoman mansiones barrocas que un día habitaron poetas. Y si San Petersburgo tiene una historia gloriosa, nadie la cuenta mejor que su apabullante y silenciosa arquitectura.

Creada en tan solo 300 años, ésta fluye desde el Barroco petrino —la catedral de San Pedro y San Pablo, los Doce Colegios o el Gabinete de Curiosidades, hoy Museo de Antropología y Etnografía, de Pedro el Grande—, pasando por el rococó y el neoclasicismo del Mariinski o la Academia de Bellas Artes, para acabar en el fascinante y desenfrenado eclecticismo de finales del siglo XIX y principios del XX, con joyas Art Noveau como la que alberga la famosa librería Dom Knigi; neoclásicas como la de los Mertens —hoy flagship store de Zara— y de la era estalinista, como la Casa de los Soviets.

Es difícil no ser grotesco o afectado —o todo al mismo tiempo— con ese pasado esplendoroso, con tanta grandeza. Pero San Petersburgo, pintada en colores ingenuos, está por encima de eso. Esta es la ciudad de Pushkin y Dostoievski, donde ambos encontrarían la muerte. Es la ciudad que vio nacer a un principito ruso llamado Vladimir Nabokov, un tipo que además de crear a Lolita, amaba las mariposas y el ajedrez y sus jugadas suicidas. Su casa modernista, en la elegante Bolshaya Morskaya Ulitsa número 47, alberga un pequeño museo en su memoria.

Tal día como hoy, un 29 de julio pero de 1843, llegaba Balzac a San Petersburgo a reunirse con su amante, la condesa polaca Evelina Hasnka, entre alfombras y samovares en su residencia de Millionnaya Ulitsa, la fastuosa calle de los Millonarios. La llamaron así porque en ella residían los aristócratas y miembros de la familia imperial. Curiosamente su ocaso lo encontrarían aquí también, en la casa del número 12, donde en marzo de 1917 el duque Miguel, hermano del último zar Nicolás II, firmó la abdicación de los Romanov.

La inmensa sombra de los zares es alargada en la que de 1924 a 1991 se llamaría Leningrado, pero en esta zona céntrica que se asoma al Neva confluye en la impresionante plaza del Palacio donde se alza el Palacio de Invierno, que hoy alberga parte del Hermitage. No hay vida para contemplar tan soberbia colección de arte, el capricho de la emperatriz Catalina, pero sería preciso no agotarla sin haber pisado sus suelos de madera, sin haber contemplado sus frescos y sus mármoles, además de un centenar de obras que son la biografía artística de la Humanidad.

Y como hubo Palacio de Invierno también lo hubo de Verano. Construido para el zar Pedro el Grande es el edificio de piedra más antiguo de la ciudad. También es modesto. Pero cuenta con unos jardines deliciosos donde dejar pasar las largas noches blancas del estío. En un primer momento se asemejó a Versalles con fuentes, pabellones y esculturas. Pero tras la inundación de 1777 lo sustituyó un jardín de estilo inglés al gusto de Catalina.

Enfrente, al otro lado del Neva, queda Petrogradskaya, dominada por la fortaleza de San Pedro y San Pablo —donde Dostoievski tuvo su primera cita con la muerte— y con su catedral barroca de fastuoso interior, donde descansan eternamente muchos de los zares. Ahora, en los días de verano, la gente disfruta de su playa artificial con el horizonte —el margen monumental del Neva— más bello del mundo. Además, las pequeñas embarcaciones de vela sirven de recreo, compartiendo agua y protagonismo con las barcas para turistas, muy cerca de donde permanece anclado en la Historia el Aurora.

Pero ésta no es la única catedral de San Petersburgo, ni el templo más bello, que quizás sea la iglesia de la Sangre Derramada, en el mismo lugar donde el zar Alejandro II fue asesinado. Al otro lado del Hermitage, detrás del Almirantazgo, se alza la catedral de San Isaac, un colosal edificio con su inmensa cúpula dorada —visible desde cualquier punto de la ciudad—, cuya construcción concluyó en 1858 y que durante la época soviética fue consagrado como Museo del Ateísmo.

La otra catedral, de hecho la principal, es la erigida a nuestra señora de Kazán, la virgen que simboliza la fe rusa. Edificada en el siglo XIX a semejanza de la basílica romana de San Pedro, es una joya neoclásica que destaca por su gran columnata que se asoma a la avenida Nevski, si bien ésta no es su fachada sino un lateral. Imposible saberlo, porque la Nevski es la arteria de San Petersburgo y todo en ella parece protagonista. Llena de tiendas, gente, restaurantes, puestos de souvenirs con sus inevitables matrioshkas, esta larga avenida es un poco como las muñecas rusas: dentro de ella hay otra, y otra, y otra... como almas han pasado por esta ciudad melancólica y gloriosa.

Así, la Nevski Prospekt son cuatro kilómetros y medio incansablemente recorridos desde el siglo XVIII. En ella se acumula la cotidianeidad de una ciudad con una historia extraordinaria. Acoge algunos de los edificios —y no exageramos— más bellos del mundo: el Bolshoy Gostiny Dvor, el centro comercial más antiguo de la ciudad de mediados del XVIII, el edificio de Singer con la mencionada librería Dom Knigi, el fastuoso Eliseyev Emporium con sus delicatessen, el Wawelberg y, cómo no, el Grand Hotel Europa.

Una capital de postín tenía que tener un hotel de postín. Eso es así en cualquier lugar del mundo desde que la Humanidad viaja. Y así fue en San Petersburgo que a comienzos del siglo XIX vio nacer al hoy Belmond Grand Hotel Europa. 

De su fachada neoclásica se ocupó el arquitecto italiano Carlo Rossi, responsable de otros muchos lugares importantes de la ciudad, como el cercano Palacio de Mijailovski, que hoy alberga el Museo Ruso, y de la plaza de las Artes con su monumento a Pushkin —el más grande poeta ruso que moriría desangrado en su casa sobre el río Moika tras batirse en duelo por amor— a la que se asoma la Noble Asamblea, que hoy acoge a la Filarmónica. 

Como no podía ser de otro modo, el devenir de este histórico hotel siempre estuvo ligado al de su ciudad —fue orfanato durante la I Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique, así como hospital de 1.300 camas en los 900 días del Cerco de Leningrado— y sus fastuosos interiores Art Nouveau, que firmó Fyodor Ivanovich Lidval, fueron el más refinado puerto de entrada a la capital imperial. Lo frecuentaban los zares y en él pasó su luna de miel Tchaikovsky. Volvería nueve años después a la ciudad que acogería el estreno mundial de su Lago de los Cisnes, para reunirse en él con otro huésped ilustre, Johann Strauss.

El Belmond Grand Hotel Europe fue lo primero que pisó Stravinsky en Rusia, cuando regresó tras 48 años de ausencia. Y por sus estancias paseaba con sus sombras y sus deudas Fiodor Dostoievski. Al escritor ruso —cuya casa museo, donde escribiría Los Hermanos Karamazov, se emplaza lejos, en la Kuznechnyy pereulok 5/2— le gustaban las habitaciones que hacían esquina para poder contemplar la vida de la calle. Por eso la suite histórica número 107 que el Grand Hotel Europe dedica al autor hace esquina. 

Desde ella se ve pasar la azarosa vida de San Petersburgo, donde una vez aguardaron los personajes del, como dijo Stefan Zweig, "mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos".

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