19 marzo 2016

Natalie Coughlin la novia de América

Cuando el equipo olímpico norteamericano fue recibido en la Casa Blanca, antes de desplazarse a Pekín, George Bush no perdió la ocasión de colocarse al lado de Natalie Coughlin, una chica modelo para sus compatriotas, tenaz en la piscina, firme en los estudios y con la sonrisa de la propia Esther Williams.

En Pekín, donde hasta ahora no ha sido capaz de encontrarse Katie Hoff, Coughlin se ha convertido en la salvadora femenina de las barras y estrellas, vareadas por las australianas y la que ha sido su rival universitaria, Kirsty Coventry, de Zimbabue. Si en las semifinales de 100 espalda le arrebató el récord del mundo (58.77), en el día más importante la californiana dejó bien claro quién es la reina. Por algo, su entrenadora, Tara McKeeven, la llama la «versión femenina de Phelps».

Coughlin mejoró, además, el récord con el que había llegado a Pekín en una centésima, al acreditar 58.96. y es que fue la primera mujer en bajar de 59 segundos después de haber roto, asimismo, la barrera del minuto. «Cuando vi el tiempo, creí que era una confusión. Nunca pensé que pudiera nadar tan rápido», manifestó.

Coventry, segunda, se quedó en 59.19, en una prueba en la que la británica Gemma Spofforth se quedó sin medalla a pesar de lograr el récord de Europa (59.38), lejos ya del alcance de Laure Manaudou, séptima. La caída definitiva de la francesa parece inevitable.

A los 26 años, el triunfo de Coughlin es muy importante para la natación femenina americana, en retirada por el empuje de Stephanie Rice, Lisbeth Trickett o Leisel Jones, oro en los 100 braza sin poder ocultar cierta decepción por no haber batido el récord mundial. Eso sí es sentirse superior.

Coughlin consiguió cinco medallas en Atenas, dos de ellas de oro, algo que sólo habían logrado dos compatriotas suyas, Dara Torres y Shirley Barbashoff. Su carisma puso el resto para lanzarla a la fama. Ha posado para numerosas firmas, es requerida en los actos sociales y ha empezado en la televisión, como analista durante los Juegos de Invierno de Turín, dados sus conocimientos de numerosos deportes, aunque se licenció en psicología. No hay nada como que la cámara te quiera. Tiene ya su propia biografía en las librerías, como Phelps. El título lo dice todo: Golden Girl (la chica de oro).

De oro fue también la medalla de otro espaldista estadounidense, Aaron Peirsol. Si las series y la semifinal habían dejado la sensación de que el recordman mundial podía perder la corona olímpica, en la final ofreció su mejor versión y no dejó opciones a su compañero Matt Grevers. Pearsol bajó de 53 segundos con un tremendo margen (52.54) para anotar la décima plusmarca mundial de Pekín, que probablemente ya no lo sea después de la actuación de Phelps la pasada madrugada. Su récord anterior era de 52.89.

Gracias a Coughlin y Peirsol, además de Phelps, claro está, Estados Unidos se recupera en la suma de oros que, sobre todo merced a la crisis de sus nadadoras, le ha hecho perder la primera posición en el medallero en el arranque de estos Juegos.

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