30 mayo 2017

Ratas que se comunican a distancia

El brasileño Miguel Nicolelis se hizo célebre hace una década al demostrar que el cerebro de un mono era capaz de controlar un brazo robótico. Ayer presentó su último experimento, que ha logrado conectar por primera vez los cerebros de dos ratas en países distintos y ha conseguido que ambas colaboren para resolver un problema real.

«Todo empezó hace ocho años como un ejercicio teórico. Pero sólo ahora la tecnología nos ha permitido demostrar que dos animales a miles de kilómetros de distancia pueden intercambiar información a través del cerebro», explicaba ayer el propio Nicolelis desde su despacho en la Universidad de Duke.

La primera rata estaba en Brasil y la segunda en Carolina del Norte. Pero los autores del experimento asignaron a ambas la misma tarea: elegir entre dos palancas para ganarse un trago de agua. Sólo una de las dos otorgaba el premio y sólo uno de los dos animales tenía información para adivinar cuál era: una luz que señalaba detrás de qué palanca se escondía el líquido elemento.

Los cerebros estaban conectados con unos electrodos cuyo grosor era cien veces más pequeño que el pelo de un ser humano. Al apretar la primera rata la palanca correcta, el equipo de Nicolelis transformó su actividad cerebral en unos estímulos eléctricos que recibió directamente el segundo animal.

Esa segunda rata no tenía ninguna pista visual que le indicara cuál era la palanca correcta. Pero aun así los estímulos recibidos de su colega lograron que acertara en siete de cada 10 intentos, una cifra notable si tenemos en cuenta que la información se transmitió a través de miles de kilómetros por internet. «El porcentaje de error es irrelevante. Las señales que recibe la segunda rata no son tan refinadas como las que produce la primera. Uno no puede esperar que todo sean aciertos. Es una limitación tecnológica que muy pronto se podrá mejorar», Asif A. Ghazanfar, neurólogo de la Universidad de Princeton.

Nicolelis decía ayer que lo más llamativo no era el margen de acierto, sino los indicios de que se había establecido una comunicación de ida y vuelta entre ambos animales: «Al ver que la segunda rata cometía un error, la primera cambió sus funciones cerebrales y su conducta para facilitarle las cosas a su colega. El animal mejoró su comunicación. Su decisión fue más rápida y su señal cerebral fue más limpia y fácil de detectar. Al hacer esos cambios, disminuyó el número de errores de la segunda rata y ambas lograron el agua más a menudo».

El equipo de Nicolelis presentó ayer un segundo experimento en el que las ratas debían diferenciar con sus bigotes entre un agujero ancho y otro estrecho y en el que los electrodos estaban situados en el área del cerebro encargada de procesar los estímulos sensoriales. «Lo más llamativo es que el primer animal responde a los estímulos de sus bigotes pero también a los de su colega», explica el neurólogo brasileño, que presenta el hallazgo como la enésima prueba de que nuestros cerebros son capaces de «incorporar nuevas herramientas y trabajar con información del exterior».

Algunos científicos estadounidenses fueron ayer muy críticos con el experimento de Nicolelis. El más duro fue Andrew B. Schwartz, de la Universidad de Pittsburgh, que apuntó que el margen de error era demasiado grande y que el experimento era «demasiado simplista». Unas pegas que no comparte su colega californiano Ron Frostig, que ayer decía que las críticas eran «injustificadas». «Es una prueba conceptual», argumentaba desde su despacho. «Ahora que funciona podemos refinarla y hacerla mejor como hemos hecho con otros muchos hallazgos en la Historia».

El experimento presentado ayer abre la puerta a aplicaciones que podrían mejorar la calidad de vida de miles de personas en todo el mundo. El neurólogo Ghazanfar explica que podría ayudar a comunicarse a personas cuyo cerebro comprende lo que sucede en su entorno pero cuya parálisis sólo les permite parpadear. El principal obstáculo según Frostig es que «medir la actividad cerebral requiere por ahora métodos muy invasivos». Pero ambos neurólogos confían en que la tecnología pronto mejorará.

Nicolelis por ahora prefiere ser cauto por temor a despertar suspicacias éticas: «Podríamos hacer algo similar para conectar con áreas del cerebro dañadas por enfermedades o lesiones. Pero quiero dejar claro que no quiero controlar ningún cerebro como ha sugerido alguno de mis colegas. Siempre hubo muchos envidiosos entre los científicos. En Brasil los llamamos uvas amargas».

Prótesis que mueve la mente
A Miguel Nicolelis (São Paulo, 1961) le gustaría que España y Brasil disputaran la final del Mundial de fútbol del año que viene. Pero el gran objetivo de su equipo es fabricar una prótesis que permita a un joven discapacitado brasileño hacer el saque de honor en el partido inaugural de la competición. «Aún creo que podremos hacerlo», explica entre risas el neurólogo, cuyos hallazgos le han otorgado unos 20 millones de euros del Pentágono para estudiar la actividad neuronal. «Nuestros estudios anteriores nos habían convencido de que el cerebro puede adaptarse fácilmente para asimilar información de dispositivos externos e incluso aprender cómo procesar señales infrarrojas generadas por un sensor artificial», dice sobre su estudio. «La pregunta que nos planteamos ahora era si podría asimilar también información de un cerebro distinto y la respuesta es que lo hace con naturalidad». 

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